"La obra de la Justicia será la Paz y los frutos de la Justicia serán tranquilidad y seguridad para siempre. Is. 32, 17"

26 de marzo de 2007

En el XXVII Aniversario del martirio de Monseñor Romero


El 24 de marzo se cumplieron 27 años del martirio de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. No quisiera dejar pasar este mes sin hacer un humilde tributo a su memoria y a su lucha por la verdad. Las palabras no son mías, he tomado las de Stefan Zweig en su crónica de la polémica de Sebastian Castellio en contra Juan Calvino, reprochándole el turbio asesinato -mediante la manipulación de las instituciones- de Miguel Servet a raíz de intolerancia de Calvino hacia el pensamiento crítico y divergente al propio. Un asesinato a causa de las ideas. Creo que es una defensa universal de la tolerancia y de la lucha de aquellos que enfrentan con su voz y pensamiento, la brutalidad de estructuras injustas e intolerantes.

"«Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre.» Magnifica sentencia, inmortal en su claridad, y del mayor humanismo. Con esta frase, como acuñada en duro metal, Sebastian Castellio condenó para siempre cualquier persecución ideológica. Sea del tipo que sea –lógico, ético, nacional o religioso–, el subterfugio que se simule o pretexte para justificar el hecho de quitar de en medio a un hombre, ninguno de esos motivos exime al hombre que ha cometido u ordenado el crimen de su responsabilidad personal. De un homicidio siempre es culpable su autor, y jamás se puede justificar un asesinato por medio de una ideología. Las verdades se pueden difundir, pero no imponer. Ninguna doctrina será más cierta, ninguna verdad más verdadera, porque grite y se encolerice. Ninguna debería imponerse artificialmente recurriendo a una brutal propaganda. Pero una doctrina, una ideología, serán aún menos verdaderas si persiguen a los hombres por oponerse a su modo de pensar. Las convicciones son vivencias y episodios individuales, que no dependen de nadie más que de aquel a quien pertenecen. No se dejan reglamentar, ni que les den órdenes.

(…) No sólo los fanáticos aislados son peligrosos, sino el funesto espíritu del fanatismo. El intelectual, por tanto, no sólo ha de combatir a los hombres duros, que muestran celo por tener la razón y están ávidos de sangre, sino también de cualquier idea que adopte una actitud terrorista (…) «¡Ay de vosotros, ciegos! ¡Ay de vosotros, obcecados! ¡Ay de vosotros, farsantes sanguinarios e incorregibles! ¿Cuándo reconoceréis por fin la verdad? Y, ¿cuándo dejarán los jueces de este mundo de derramar ciegamente la sangre de los hombres para complacerlos?»"

Tomado de: Zweig, Stefan, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia. 1° edición, Editorial El Acantilado, Barcelona, 2001. Págs. 196-197; 200-201. (Ver reseña del libro)