"La obra de la Justicia será la Paz y los frutos de la Justicia serán tranquilidad y seguridad para siempre. Is. 32, 17"

29 de agosto de 2015

Monseñor Romero y la violencia: el horizonte son la justicia y la paz



Al beato Monseñor Oscar Arnulfo Romero le tocó enfrentar días violentos, de confrontación, dolor y muerte, sin embargo, no se dejó llevar por los odios y siguió fiel al Evangelio y sus convicciones, mantuvo el rechazo de la violencia, la injusticia, los abusos de los poderosos y promovía justicia como presupuesto de la paz y reconciliación.

La violencia aún no nos ha abandonado, o más bien, no hemos podido con ella, en gran medida, porque no se ha procurado justicia, no solo en términos institucionales -donde la impunidad reina- sino que, mucho menos, en términos sociales.

Retomo fragmentos de su homilía donde aborda la violencia, reafirmando su vigencia e invitando a su reflexión para provocar acciones en el presente.Tomado del libro "Día a día con Monseñor Romero. Meditaciones para todo el año".

30. Según el corazón de Dios

     Los corazones no quieren oír ni aunque sea un muerto el que les venga a decir: estamos muy mal en El Salvador. Esta figura tan fea de nuestra patria no es necesario pintarla bonita allá afuera. Hay que hacerla bonita aquí adentro, para que resulte bonita allá afuera también. Pero mientras haya madres que lloran la desaparición de sus hijos, mientras haya torturas en nuestros centros de seguridad, mientras haya abuso de sibaritas en la propiedad privada, mientras haya ese desorden espantoso, hermanos, no puede haber paz, y seguirán sucediendo los hechos de violencia y sangre. Con represión no se acaba nada. Es necesario hacerse racional y atender la voz de Dios, y organizar una sociedad más justa, más según el corazón de Dios. Todo lo demás son parches. Los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia mientras no se cambie la raíz de donde están brotando todas esas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente (Homilía 25 de septiembre de 1977, I-II p. 240)