16 de mayo de 2009

Roque Dalton, literatura, derecho et moi

Viví mi adolescencia en un país en guerra civil, lo cual, es mucho decir. Si bien, la capital, donde vivía y vivo aún, no sufría de la violencia bélica de otros territorios cuyo control era disputado por las fuerzas contendientes, vivíamos bajo un ambiente militarizado, represivo, atosigados de propaganda bélica y con la amenaza de ser reclutados forzosamente por el ejército en cualquier calle o pasar accidentalmente cerca de alguna voladura de postes por los comandos urbanos.

Cursaba bachillerato en un colegio jesuita donde una educación excepcional marcó mucho mis opciones y horizontes. Diversas inquietudes estimulaban mis días: la política, la literatura, la música y por supuesto, la patota de amigos y flirtear con las féminas.

Como actividad extracurricular me ofrecí como encargado de notas culturales de un periódico mural. Mi tarea consistía en recopilar poemas, cuentos o relatos breves para su publicación en nuestro periódico. Un poco urgido por la tarea impuesta, busqué en casa los materiales disponibles en la librera familiar y tomé el libro Taberna y otros lugares de Roque Dalton, libro que mi padre había llevado a casa pero al que no presté atención sino hasta que me vi en la necesidad y ese fue un encuentro excepcional.

Primero me enganché de su poesía, fresca, simpática, heterodoxa y sin formalismos, propia del espíritu joven de quien promete mudarse a un planeta donde la gente viva 300 años, hasta dejarse morir, por respeto a sus hijos.

Pero luego, también aprendí a ver la historia del país desde otra óptica, a través de las historias que nos habían sido ocultas, a través de las historias prohibidas de pulgarcito. Dalton se convertía en un guía para mí y para otros compañeros contagiados de la misma fiebre. Sin embargo, al menos para mí, fue algo más que una fiebre juvenil, mi interés continuó y se mantiene a través de los años.

Por una suerte del destino tuve la fortuna de ser becado y realicé estudios de posgrado en la Universidad de Barcelona, España. Ahí conocí, por otra afortunada coincidencia, a un joven profesor argentino-español, quién al conocerme y saber mi nacionalidad me preguntó si sabía sobre Roque Dalton, puesto que él era un fanático. Trabamos amistad inmediatamente. Siendo ambos abogados y políticamente comprometidos, “estudiando Derecho con carne de presidio”, Roque nos servía de inspiración y refrescamiento. “(…) en algo hay que agradecérselo también a la poesía.” En lo particular, como un interesado en la justicia penal, la traducción poética del dolor del presidio hecha por Roque me parecía el mejor discurso en contra de la inhumanidad de la cárcel:

Coro menor de la Quinta Bartolina

Han cerrado de nuevo la puerta de la celda.

Cerrado, cerrada.
Cerrada, cerrada, cerrada.

¿Saldremos este mes?
Ah, que eso se llama tener suerte!
Un mes,
un mes entre tu mano y la esperanza!

Yo que me tengo que aguantar un rato
de catorce años y qué más te digo,
yo que voy a salir de cincuenta años,
yo que ya ni de los ríos me acuerdo,
yo que ya no me acuerdo de acordarme de nada,
yo que ya ni canciones sé, ni quiero,
yo que ya no sabría caminar por las calles,
yo que llevo cinco años en la Segunda Instancia,
yo que por el jurado gordo aquel me he quedado silbando
puño en quijada y corazón a cuestas,
yo que por el Fiscal que nunca vio a mi madre
ciega la pobre de llorar por mi y yo inocente,
sin culpa alguna
por las urgencias de su carrera de buitre,
yo por idiota y bueno,
yo porque había que hacer escarmentar al mundo,
yo porque dije que sí,
yo porque escupí mi negación al polvo,
yo porque escupí,
yo porque
yo por
yo
y
y la
y la puerta
y la puerta cerrada
y la puerta de la celda cerrada,
cerrada, cerrada, cerrada,
cerrada,
cerrada…

Mi amigo había sufrido directamente la brutalidad de la dictadura argentina, su padre había sido asesinado bajo el régimen militar de la década del setenta e inicios de la década del ochenta. Siendo un adolescente hizo un viaje de intercambio estudiantil a Los Ángeles, California, y estando ahí, dada su inclinación por la cuestión social, se enroló con grupos de trabajo con inmigrantes, particularmente centroamericanos, donde, mediante un amigo salvadoreño, entró en contacto con la literatura de Roque y quedó igual de enganchado que muchos. Aún se dedica a coleccionar ediciones raras y siempre que puedo le he enviado las últimas publicaciones.

Coincidíamos también en nuestro gusto por el poder seductor de su poesía: frases como “(…) pensando siempre en encontrar un bar// en donde si quitáramos las mesas// quepan las madrugada y tú junto a mis ojos” fuero declamadas en algún bar en horas de bohemia con más de un resultado positivo. Gracias Roque por prestarnos tus palabras.

Ha pasado el tiempo y nuestra mentalidad va cambiando, madurando, y cada vez que tomo un libro de Roque y lo re-leo, encuentro que el mismo poema tiene una nueva significación y eso mantiene para mí su vigencia. Claro, con tanto tiempo, uno llega a conocer a los amigos, les conoce sus virtudes y defectos, los ve más realistamente. Eso también me pasa y ya no acepto todos sus planeamientos como antes, influido por la admiración, pero de eso se tratan las relaciones, de reconocer lo valioso y mantener el cariño a pesar de las diferencias.

Esta es mi humilde forma de tributar y agradecer su legado a uno de nuestros más grandes literatos, en el 34º aniversario de su cruel asesinato.

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