"La obra de la Justicia será la Paz y los frutos de la Justicia serán tranquilidad y seguridad para siempre. Is. 32, 17"

21 de noviembre de 2008

Oppenheimer sobre las maras

En términos generales no me gusta Oppenheimer. Es un gran periodista, esforzado, estudiado, acucioso, pero no comparto su visión excesivamente efectista y económicamente pragmática, demasiado confiada en el mercado, lo que muchas veces cae en la receta fácil y simplificada que ignora u obvia los costos del proceso, al menos ese fue el sabor que me dejó su libro Cuentos Chinos. Pero tampoco niego que en algunas cosas me parece que acierta con mucho tino.

He leído su publicación sobre las maras y pandillas en Centroamérica, un tema que desde hace rato le viene intrigando. Como periodista Oppenheimer no tiene por qué volverse un especialista en la materia. Buscará material, escuchará expertos y publicará las visiones expuestas y la propia. Pero para hacerlo interesante es necesario poner algo de salsa al asunto. Un poquito de morbo siempre viene bien.

Incurre en ciertas imprecisiones: dice que la tasa de homicidios de El Salvador es de 68 por cada 100 mil, cuando en realidad, los datos de homicidios de 2007 en comparación con los datos del Censo de población arrojan una tasa de 61 por 100 mil. Puede que sea exceso de prurito y que unos puntos demás no son la gran cosa ni nos bajan del primer lugar, pero esos puntos de exceso se cuentan en cadáveres, así que la precisión es recomendada.

Por otro lado, como periodista puede darse algunas licencias como la de recurrir al anecdotario para ejemplificar la situación del país, de tal forma que convierte la realidad de una o dos personas en la realidad del país y por esta vía pensar que todo el mundo es víctima del delito. Eso no es lo que dicen los datos de victimización.

No se trata aquí, de negar los elevados índices de violencia ni la victimización de grandes sectores de la ciudadanía, sino de señalar que la simplificación de los problemas lleva a análisis y propuestas superficiales.

No obstante lo anterior, plantea algunas cuestiones importantes para la reflexión como la influencia del factor deportación en el fenómeno de la violencia, no obstante, solo lo menciona sin profundizar ni afinar el análisis. Tampoco señala la contradicción estadounidense que a la vez que pretente apagar el fuego con planes como la Iniciativa Mérida, lo alienta con sus políticas antiinmigrantes y deportaciones. No es aquí donde se origina el problema, aquí es donde estalla.

Finalmente, otorga mucho espacio a las cuestiones truculentas o al morbo de las pandillas (niños que han asesinado, posesión de armamento de guerra, su supuesta vinculación con el tráfico de drogas) que solamente contribuye a sobredimensionar el problema, alejandonos de perspectivas más realistas sobre lo que sucede.

Un saludable consejo al analizar estas problemáticas es la de separar las cuestiones más difíciles de las más genéricas. No se puede iniciar el análisis a partir de las cuestiones más complejas sin antes haber revisado lo genérico. No se puede analizar ni intervenir el problema de las pandillas directamente en las cuestiones más complejas sin antes tratar las más básicas.

Coincido en que la forma primordial de intervención debe ser por la prevención y por la educación (lo que no obvia la necesidad de control penal en los casos que lo ameriten) pero desde mi punto de vista, ello no debe limitarse a intervenciones puntuales sino a una transformación de las políticas económicas orientadas hacia la reducción de la desigualdad, la redistribución del ingreso público y la búsqueda de la inclusión social.